Resumen etapas:
E1: 17 km · 1900 m+ · 530 m-
E2: 20,1 km · 2100 m+ · 1700 m-
E3: 16,8 km · 2000 m+ · 2100 m-
E4: 26,7 km · 2460 m+ · 2570 m-
E5: 32 km · 1300 m+ · 2400 m-
E6: 12,5 km · 100 m+ · 240 m-
Total: 125,1 km · 9900 m+ · 9520 m-
Vamos con una “pequeña aventura” de siete días por Făgăras, las montañas más altas de Rumanía.
Llegada a Bucarest. Bus al centro y metro hasta la estación. La ciudad me recordó en algunos aspectos a Hungría; monumentos muy bonitos e imponentes, pero a la vez bastante pobreza alrededor. Te encuentras un palacio imperial y, al lado, una calle de tierra.
Después, 7 horas y media de bus hasta Sibiu, con algún que otro percance… llegamos a las 3 de la mañana sanos y salvos. Gracias Youssef por la charla y el taxi hasta el hostal.
Día 2
Al día siguiente me tomé la mañana con calma por Sibiu. Casco antiguo precioso, café, desayuno y preparativos -los cuáles se complicaron un poco a causa de no encontrar ningún cartucho de gas para poder cocinar durante la ruta- tras conseguirlo, salí hacia Lazaret, mi punto de partida.
A los cinco minutos de estar haciendo dedo, me recogió un chico que me acercó a un pueblo cercano y, desde ahí, una familia me llevó hasta el punto donde comenzaba la travesía.
Desde el primer momento me llamó la atención la hospitalidad de la gente. Durante el día, si hablé con diez personas, nueve me dijeron lo mismo; “¡Ten cuidado con los osos!” No voy a mentir, hizo que saliera con un poco más de miedo, aunque también prudencia, que nunca viene mal.
Los primeros kilómetros fueron por bosques espesos, preciosos, llenos de frambuesos y arándanos.
A cada ruido las pulsaciones se aceleraban y pensar que si yo fuera un oso, estaría ahí entre los frambuesos, no me tranquilizaba mucho…

Empecé a dar voces de vez en cuando -técnica que me recomendaron los locales- a causa de eso o de un poco de suerte, no me topé con ninguno.
Al salir del bosque, el paisaje se abrió en grandes colinas que, con la puesta de sol, parecían sacadas de una película. Después de unos 20 km decidí acampar, y justo ahí es cuando me di cuenta de que no había cogido mechero.
A unos 50 metros, valle abajo, vi una caseta de donde salían voces, las primeras señales humanas desde que había empezado. Bajé a pedir fuego y ya no hizo falta ni montar tienda ni cocinar. Me invitaron a cenar y a dormir.

Primero un buen vaso de orujo de cereza —según ellos, “para recuperar”— y después una cena típica con sopa de pollo, queso y verduras, deliciosa. La noche, sin embargo, fue de las peores que recuerdo. Las ortigas me habían dejado las piernas destrozadas y el picor no me dejó dormir.
Día 3
A las 6:30 ya estaba tomando café con los pastores rumanos. Gente dura de verdad. A las 7 empezaban a trabajar, en verano se encargaban de arreglar casetas de otros pastores.
Nos enrollamos un poco hablando de la ruta y enseñándome fotos de su ganado y de sus caballos. El orgullo con el que lo hacían era digno de admiración.
Gracias por la hospitalidad.
Empecé a marchar. “Hoy la mochila parece pesar menos” (sacado de mi diario) me encontraba mucho mejor que el día
Tras una buena caminata llegué a la cabaña Barcaciu donde comí una tortilla francesa que supo a gloria acompañada de un chocolate caliente y un plato de pasta, que no falten calorías. Una breve siesta y para arriba. El paisaje era increíble y el terreno empezó a ser un poco más escarpado. Llegué al Refugio Scara donde me encontré con unos chicos rumanos. Ya no había sitio dentro – y el olor tampoco invitaba a quedarse- así que planté la tienda cerca. Allí conocí a Bruno y Justin, dos alemanes estudiando medicina en Rumanía.


Día 4
A la mañana siguiente me levanté a las 6:45. Salí de la tienda y vi a Bruno y Justin empezando a caminar. Saqué la cámara y, sin que se dieran cuenta, hice dos de mis fotos favoritas.


Una hora más tarde, salí hacia la siguiente meta. El cuerpo ya empezaba a responder mejor y el peso de la mochila se notaba menos. El terreno, sin embargo, se volvió más exigente, con tramos expuestos donde había que usar las manos constantemente. Diría que una buena parte del día fue trepando y destrepando, muy divertido, por cierto.
Alcancé a Bruno y Justin y seguimos un rato, comimos juntos y después continué a mi ritmo hasta el lago Balea, uno de esos puntos donde las familias rumanas suben a pasar el día ya que es el único punto donde una carretera atraviesa los Făgăraș. Comí fuerte, lo necesitaba, pero llevaba retraso y tenía que seguir. Justo antes de retomar la marcha llegaron Bruno y Justin, nos despedimos.
“En la montaña casi siempre encuentro gente muy maja pero no creo que sea suerte o que solo la buena gente vaya a la montaña, creo que realmente es la montaña la que nos hace ser más así, generosa, agradable. Y cuando volvemos a la vida cotidiana, el trabajo, el estrés, las prisas, nos hacen ser a veces un poco insoportables. Quizás deberíamos ser un poco más como en la montaña”(sacado de mi diario)

Seguí caminando con una puesta preciosa hasta que la luz se fue y la oscuridad me acompañó hasta llegar al Refugio Fereastra Zmeilor.
Día 5
Al día siguiente madrugué. A las 6:30 ya estaba caminando. Las primeras horas fueron espectaculares, con crestas y un amanecer preciosos.

Bajé hasta la cabana Pofragu con la idea de tomar un café pero estaba cerrado. Aproveché para desayunar con vistas al lago y leer un rato antes de seguir.
Las piernas empezaban a pesar, y haber llenado las botellas justo antes de la subida no ayudó demasiado.

Subí el Moldoveanu -pico más alto de Rumanía- comí un trozo de pan y seguí. A partir de ahí, el cuerpo respondió. El cansancio fue desapareciendo y me encontré fuerte físicamente.
Valles y más valles, con rebaños de ovejas que pintaban sus hierbas y una luz… increíble.

Fue una de esas tardes mágicas. No solo por el entorno, sino porque esa sería mi última puesta del sol en Făgăras.
Bajé de noche al refugio alpino, el día había sido largo, muy largo, pero estaba feliz. Llegué a la caseta que por un momento parecía abandonada, pero por suerte no lo estaba. Dentro había dos chicas francesas. Cené un poco de avena y guardé el último trozo de chocolate para el día siguiente.
Día 6
Me levanté pronto y esperé el amanecer mientras derretía un trocito de chocolate en agua caliente. Al poco se levantaron las chicas francesas y charlamos un rato mientras el sol asomaba la cabeza. Salí algo más tarde de lo que debía, pero las charlas agradables siempre son una buena excusa.
Me esperaba el día más largo, 32 km, y lo que más me preocupaba no era la distancia, sino tener que atravesar bosques de noche.
Diez horas del tirón. Unos minutillos de pausa para acabar el chocolate y otra para buscar luz solar después de perderme y quedarme sin batería… ahí las vi muy putas, no solo por la batería, sino porque me encontraba en un descampado, con la hierba que me llegaba hasta los hombros.
Seguí caminando hasta que a las 18h llegué al camping.
“Lo conseguí. Reventado, igual mas mentalmente que físicamente, pero feliz ahora escribiendo estas líneas con un plato de carbonara delante y las preciosas montañas Piatra Craiului a mis espaldas. Y por si fuera poco, a falta de una hora cuando coroné el último monte y empezaba la última bajada me apareció delante un bisonte y dos urogallos, macho y hembra” (sacado de mi diario)
Fue la primera vez que vi un urogallo, un animal que me hacía mucha ilusión. De vez en cuando la vida deja caer estos regalos cuando menos te lo esperas.
Día 7
El último fue tranquilo. 12,5 km hasta Zărnești para coger el tren hacia Brașov. Paré a comer algo típico por el camino – parecida a la comida bergamasca, por cierto – y caminé sin prisa.

Caminar es algo que la gente debería hacer más a menudo – aún mejor si combinado con viajar y conocer cosas nuevas – . A mi por lo menos me ayuda a ver las cosas con mayor claridad. En estos pasados días de marcha, con días de más de diez horas caminando, tuve muchas horas para reflexionar, algo que a veces no hacemos lo suficiente con el caos y el estrés del día a día.
Es curioso cómo tu Voz interior se personifica, va cogiendo forma, dialogas con ella. Puedes aprender mucho sobre ti cuando caminas, especialmente cuando se hace a solas. En general el estar a solas te desnuda y te permite aprender cosas sobre ti.
“Yo tengo dos vocecillas, una es la que me intenta parar, quiere que me rinda, dice cosas no tan buenas. Después está la Voz, que se impone a la vocecilla de forma autoritaria y me dice que es lo correcto. Hubo momentos de la ruta donde llegué a un cansancio importante y la vocecilla me decía que no siguiera, me empujaba a rendirme y ahí es cuando al rato llegaba la Voz harta de sus quejas.
Entonces supe que lo conseguiría. Ya no había nada en contra que pudiera pararme (excepto los osos)” (sacado de mi diario)
No dejes que esa vocecilla se apodere de ti.















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