Septiembre 2025
Resumen de etapas
E1: 25,5 km · 2.500 m+
E2: 20,5 km · 2.100 m+
E3: 23,7 km · 2.050 m+
E4: 11 km · 300 m+
Total: 80,2 km · 6.950 m+
Llegamos a Ždiar en bus desde Košice, donde estaba la pensión en la que pasaríamos la noche antes de empezar la integral de los Tatras. Para quien no lo sepa, los Tatras (Tatry en eslovaco) son las montañas más altas de los Cárpatos y forman una cordillera entre Eslovaquia y Polonia.
Llegamos a la pensión, dejamos las mochilas, desatascamos las tuberías intestinales y nos fuimos a cenar comida tradicional eslovaca: halušky y empanadillas típicas.
Día 1 – 25,5 km · 2.500 m+
A la mañana siguiente partimos sin madrugar demasiado. Nos esperaba un día largo, con mucha subida y mal tiempo.
Pronto empezó a llover. A eso se sumaron el viento y el frío, que hicieron que la mojadura fuera todavía mayor, pero también consiguieron que el chocolate caliente con nata y la crema de calabaza en la Chata Zelené pleso supieran a gloria. Más de lo que ya lo hacen normalmente.
Costó dejar el calorcito de la chata, no voy a mentir, pero había que seguir.
La lluvia nos acompañó durante todo el día, al igual que los bosques mágicos de este país. Llegamos a Zamkovského chata —más bien un pequeño hotel que un refugio— donde pasamos la noche. La ducha caliente de ese día es algo difícil de describir, de esas en las que te podrías quedarte horas y horas.
Para cenar preparamos pasta con el hornillo, tomamos unos vasitos de té, jugamos a las cartas y probé una bebida que me describieron como “leche de marmota”. No recuerdo el nombre, pero casi me hizo subir a gatas a la habitación de lo fuerte que estaba.


Día 2 – 20,5 km · 2.100 m+
Dejamos la chata a eso de las siete. Tres kilómetros con 500 metros positivos nada más salir para despertar las piernas.
Llegamos a Téryho chata, donde comimos un Horalky (una oblea rellena de crema de cacahuete típica en Eslovaquia; donde ellos comen horalky, nosotros comemos jamón) y nos lanzamos hacia arriba sin saber muy bien lo que nos esperaba.
La idea era subir al Ľadový štít (2628 m) pasando por la cresta del Paso del Caballo (Kon) y bajar haciendo una circular. Más tarde nos dimos cuenta de que era inviable, al menos para nuestro nivel.
En la aproximación nos encontramos con varios chicos acompañados por un guía, ya que para subir este pico es obligatorio contratar uno. Puro negocio.
Hicieron tres metros y se dieron la vuelta. Lo vieron jodido. Caminaban gateando, con una inseguridad contagiosa. Cuando nos cruzamos con ellos, el guía no nos miró demasiado bien, aunque tampoco es que nos importara.
Pasamos la primera parte sin problemas hasta llegar al Paso del Caballo – bastante expuesto e imponente – ya que una de las caras de la montaña estaba completamente helada —de ahí el nombre del pico.

Dejamos las mochilas para seguir más ligeros. Raúl delante, yo detrás. Sin miedo, pero sí con respeto. En un punto me confundí y escogí el paso más complicado. Me vi obligado a trepar por un sitio del que no sabía si podría salir, y destrepar era imposible. Con 500 metros de vacío a mis espaldas, las pulsaciones se aceleraron.
Intenté respirar, mantener la calma y buscar soluciones. Toqué la roca buscando presas que parecían no existir. En realidad estaban ahí, pero el miedo nubla la vista y no nos deja ver con claridad lo que tenemos delante.
Poco a poco empecé a encontrarlas. Conseguí resolver el puzle y en pocos minutos hicimos cima.
Volvimos al refugio, donde nos esperaba una sopa de lentejas y otro Horalky. Seguimos entre niebla hacia nuestra meta del día, Zbojnícka chata, donde dejamos las mochilas antes de hacer el último pico, Svišťový štít.


Día 3 – 23,7 km · 2.050 m+
Me levanté con dolor de rodilla, que ya había avisado la tarde anterior. El cielo seguía cubierto y la niebla parecía querernos comer.
Salimos sin desayunar con la idea de hacerlo en Poľský hrebeň, un collado con unas vistas increíbles del lago Zarmznute. Pobres ingenuos.
El viento y la niebla nos acompañaron hasta Sliezsky dom, donde por fin abrió el día. Nos jalamos un porridge de los buenos y seguimos hasta Popradské pleso, un lago precioso en uno de los valles más bonitos de los Tatras.

Comimos con ganas: gnocchis con semillas de amapola, un mazapán con frutos rojos y yogur rebosando por encima y un par de sopas. Estábamos más para siesta que para caminar, pero queríamos intentar subir al pico más alto de Polonia antes del anochecer.
Empezamos la subida hacia el chalet bajo el Rysy. Ochocientos metros de desnivel positivo constantes que, en unas horas, nos dejaron en el refugio. Dejamos las mochilas y subimos los últimos 200 metros hasta la cima del Rysy (2.501m).
Bajamos con una puesta de sol increíble y, como premio, queso frito (Vyprážané syr) y los mejores halušky del viaje.

La cena fue espectacular: cumpleaños incluido y un paisano con ganas de quemar todo lo que pillaba, rociándolo con ron y prendiéndole fuego. Para cerrar el día, un vasito de medovina y a la cama.
Día 4 – 11 km · 300 m+
Último día tranquilo sobre el papel, aunque posiblemente el más duro por el dolor de rodilla.
Por suerte dejábamos la montaña atrás, el fin de semana los Tatras se convierten en un parque de atracciones para gente que de montaña entiende poco…
Nos llevamos niebla, lluvia, piernas cargadas y rodillas tocadas, pero sobre todo muchas risas, recuerdos inolvidables, Horalky y esa sensación de felicidad que solo aparece cuando el cuerpo está cansado y la cabeza despejada.
Viajes que se quedan grabados para siempre.



















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