17-18 Abril 2025
Son las 19:30. Salimos hacia el Refugio de Niza, situado en el Mercantour, después de habernos liado en el rocódromo. Brillante idea la de salir a media hora de la puesta de sol y sin haber mirado casi la ruta.
La ruta es preciosa desde el comienzo, caminábamos constantemente con el ruido del agua que bajaba de las montañas. Pasamos por delante de la cabaña de Belle et Sébastien, lugar donde se rodó parte de la película original. Nos cruzamos con los primeros rebecos, que pasaron ampliamente de nosotros, y al cabo de media hora empezamos a pisar la primera nieve. Lo que todavía no sabíamos era que nos iba a acompañar hasta el refugio y que nos íbamos a cagar en ella unas cuantas veces.
La oscuridad empezó a hacerse más densa y las estrellas más brillantes. Nos movíamos en dirección al refugio (o eso pensábamos), caminando al borde de un cañón que, sin nosotros saberlo, nos llevó a un callejón sin salida, rodeados de paredes. Mi Casio era de poca ayuda, fue entonces cuando mirando el GPS del teléfono nos dimos cuenta, sin margen de duda, que llevábamos un rato caminando en dirección contraria. Los dos nos habíamos desorientado de una manera absurda, estando convencidísimos de que íbamos bien. Lo fácil que es perderse en la montaña cuando la visibilidad no acompaña…
Volvimos a la senda correcta y seguimos avanzando lentamente. La cantidad de nieve era mayor de lo que esperábamos y las avalanchas caídas durante el día dificultaban el paso. Llevábamos tres horas caminando, el frío empezaba a sentirse, cosa que también notaban las tibias de Raúl, que tuvo la brillante idea de ir en pantalones cortos (nótese la ironía).
Llegamos al Lac de la Fous y, con cuidado, lo fuimos bordeando por el lado oeste, ya que se hacía difícil intuir dónde estaba su orilla. Tras cinco horas, nos pareció ver a lo lejos el refugio. Por un momento nos cambió la cara y el cuerpo se tranquilizó un poco. El camino se hizo delicado, teniendo que atravesar riachuelos escondidos bajo la nieve.

Finalmente llegamos a los pies del refugio. Ya solo nos quedaba una última subida de unos 20 metros. Raúl iba delante, subiendo más rápido y con ganas de entrar en calor. Yo iba unos metros detrás, más despacio. Cuando llegué arriba, nos miramos, vi su cara de preocupación y ahí es cuando entendí que el refugio estaba cerrado.
No nos lo podíamos creer.
Empezamos a dar vueltas y solo encontramos que candados por todos lados. La parte de arriba también parecía cerrada, hasta que al rato encontramos el acceso por una ventana de la segunda planta. Las vimos muy putas. Pasar la noche allí con la ropa que llevábamos habría sido jodido.
Una vez dentro encendimos la lumbre y sacamos material para comer. Nos ventilamos una baguette untada con queso de cabra y mermelada, de las mejores cosas que he probado en mi vida, sobre todo después de tal odisea.
El despertar fue increíble. Al abrir la ventana nos dimos cuenta del sitio tan espectacular en el que estábamos. Siempre me ha hecho mucha ilusión despertar en sitios a los que llegas de noche y no sabes bien cómo es lo que te rodea.

La bajada fue más peligrosa de lo que pensábamos. Las continuas avalanchas a nuestro alrededor nos podían poner en un apuro en cualquier momento. En el silencio absoluto oíamos cómo la nieve se movía y empezaba a bajar con velocidad. Ya por terreno más tranquilo, nos despidieron unas cabras montesas, en un par de horas estábamos abajo, y en tres, comiéndonos un helado en Saint-Paul-de-Vence con vistas al mar. Sin olvidar del bocadillo de cecina de León que nos esperaba en el coche.
¡Ni tan mal!









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